retomo el curso
Mayo 7, 2008
Retomo el curso de mi historia y vuelvo con vosotros.
Conducía la moto y sentía el viento, es una de las sensaciones que más me gustan, se llama Kira es blanca bonita y me lleva a todas partes.
Llegué a la ciudad, me encanta pasar entre los coches y disfrutar con esa complicidad entre moteros y taxistas, parece que juntos se comen el mundo. Siempre dije que una de mis miles de profesiones frustradas era taxista, bueno siempre no, sólo desde que vivo en esta ciudad.
Llegué a mi destino, mi clase de chi kung, un bar de aspecto cutre como un antro clandestino con un encanto peculiar, muebles recogidos de la calle mayormente, suelo hecho con trozos de azulejos de miles de tipos diferentes, mucha madera en extraños artefactos y lámparas, muchas lámparas distribuyendo puntos de luz por entre los recovecos. Y luego él, el maestro, con chupa vaquera y surcos por toda la cara, unas facciones que le hacían atractivo, tan atractivo como el local. Se llamaba Lucas y era tan primerizo como sus alumnos, cinco colgados a cada cual con pinta más extraña y sin ningún tipo de sentido que estuviéramos allí. Evidentemente lo primero que hice fue observar y preguntarme los motivos que habían llevado a que nos reuniéramos allí.
Al cabo de una semana insistí en acudir está vez trate de engañar a Claudio con el pretexto de hacer algo juntos, no pudo pero si me prometió que lo intentaría la próxima vez.
Volví a mi antro con Lucas y mis extraños compañeros, algunos eran nuevos, otros repetían, la excéntrica que se desnudaba detrás de la barra, la mística que confundiría el nirvana con el grupo de música, el callado chico de la esquina y yo que no sé muy bien como definirme o puede que no me atreva. Esta vez, todos nos descalzamos acompañados de la pequeña hipy punky, el fiestero con tercio en la mano, el farlopero convencido y su colega el pelos.
45 minutos de respiración y ejercicios con luces doradas metiéndose por el tercer ojo. La verdad es que me sentía atraída por todo esto.
Mi abuela y Proust.
Enero 16, 2008
Siempre que pienso en Proust me acuerdo de mi abuela y no por que me inculcara el gusto a la lectura, que también, sino porque ella nunca me hizo magdalenas. Su especialidad eran las tostadas y la leche frita. Tostadas de sartén a la antigua usanza. Untaba delicadamente la mantequilla sobre los dos lados y colocaba la superficie sobre la sartén y mientras esa mantequilla se derretía poco a poco, mientras se doraba el pan inhalabas un olor, seguro mejor que el de las magdalenas de Proust, que se te metía por todas las glándulas y que hacía que la saliva empezara a fluir pensando en esa delicia cubierta de una exquisita mermelada. Esa sensación se acabó rápido, en unos años sucesivos, en cuanto mi cuerpo empezó a desarrollarse los dulces comentarios de mi abuela empezaron a convertirse en reproches dirigidos a mi perfección física, unas veces por la exagerada ondulación de mis curvas y otras por la falta de ellas. Desde entonces esas tostadas nunca supieron igual.
