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historias de a.n.a.

mayo 19, 2010

Ana.
Tranquilidad. Cruzaba por la calle en un anhelo desesperado de conseguir una respuesta. No podía volver a ello otra vez, tener que sacar de sus entrañas algo como si fuera maligno. Como si le fuera a destrozar la vida tan solo unos minutos de placer. “Otra vez no, por favor” eran las palabras que tendría que pasar por su cabeza, pero no podía pensar nada más que en llegar. Saco el monedero, aquel que vilmente había robado en una pequeña tienda y pagó. En casa 3 minutos de espera. Tranquilidad. Desajuste hormonal.

Ayer me acosté pensando en ti, en tus ojos caídos y tu sonrisa de niño.

Ana le era fiel mentalmente era como jugar a olvidarse de él sin poder. Cada vez que estaba con alguien le invadía su recuerdo. Y aunque físicamente no pudiera tenerle cerca, veía su cara y sus gestos en los demás, supongo que esto no era justo. Aunque no se sabe para quien. Ana no pertenecía a nadie, no se lo podía permitir. Era una debilidad que no estaba del todo resuelta.

Fuego que quema, salsa de tomate y un poco de memoria; se rehoga con imaginación y sale un sentimiento tan profundo que la cucharilla de café no alcanza el fondo.

“Hoy también te amo”. Dijo a su cabeza en la que residía otra persona que no era ella.

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